En el mundo enológico, la palabra funky se asocia a esos vinos hechos con uvas poco convencionales, con un sabor estridente que divierte en boca y genera intriga porque no consigues relacionar su sabor con nada conocido. Lo que, en jerga informal, sería una auténtica ida de olla. Siguiendo esa misma línea, en gastronomía la cocina funky es aquella donde el chef hace lo que le da la gana, sin miedo a crear y probar sabores, ingredientes y estilos diferentes. Mama Gorda rezuma este carácter rebelde por todas partes: desde su nombre, tomado de la canción Fat Mama de Herbie Hancock, hasta el uso de ingredientes y técnicas potentes.
Mama Gorda no siempre ha estado en Gràcia; de hecho, no tiene nada que ver con el local que anteriormente se ubicaba en el Born. Los hermanos Diego, Marco y Leo Amico junto con el italiano Simone Mizi decidieron abrir el primer local en el barrio barcelonés del Born hace dos años. Mientras que en esa ubicación estuvieron centrados en bocadillos, en Gràcia ofrecen una cocina más madura donde implementan algunos de sus éxitos, porque no hay que olvidar de dónde vienes ni hacia dónde vas.



El local del restaurante es atractivo, con las paredes llenas de arte contemporáneo y una playlist que suena a King Gizzard and the Lizard Wizard, Mac DeMarco o The Strokes. Toda una experiencia inmersiva que anticipa cómo serán los platos que llegarán a la mesa. El primer plato que da inicio a esta exhibición son las gyozas rellenas de panceta y anticucho con salsa de ají amarillo. Al probarlas, no te preguntarás por qué unos argentinos cocinan una receta nipona; al contrario, te preguntarás por qué no lo habías hecho antes.
El hilo conductor de Mama Gorda es la brasa, y otro hit no podía ser otro que la lechuga a la brasa con salsa de anchoas, rabanito y almendra. Una especie de ensalada César reinventada que no te hará echar de menos la carne, pero te hará querer la receta de la salsa. El calamar a la brasa con ajoblanco, gremolata y raiford crea adicción. La focaccia es casera, al igual que la mantequilla de miso. Otra adicción que merece dejar un hueco en el estómago.


En unos de los viajes que los cuatro socios hicieron para buscar inspiración, se enamoraron de un bocadillo que probaron en Catania. Elaborado con gamba, aguacate y salsa, por unanimidad decidieron que debían recrearlo en su futuro restaurante. Su interpretación de ese Bocati di Cardinale es el bocadillo de ceviche de lubina, ají amarillo, lima, cebolla roja y china, chips de boniato y guindilla. Es ideal para esos a los que el ceviche les cansa, y los bocadillos les parecen poco formales.
Compran producto de temporada en el barrio y mercados de la ciudad, como el pan de Origo, la verdura en el Mercat de la Concepció y el pescado en Santa Caterina.
