Villa Retiro, pues, celebra una efeméride que coincide con otra, de otro pionero: este 2026, se celebra el Año Gaudí para conmemorar el centenario de la muerte del genio arquitecto. La fisonomía de Barcelona cambió para siempre gracias a él, convirtiendo a esta ciudad en faro y meca de peregrinaje de millones de personas, atraídas por la cultura, por el mito y por sentir de cerca la rotunda belleza de las formas que el arquitecto creó desde la interpretación. La analogía podría aplicarse a Fran López y a su equipo: fiel a la vinculación emocional al territorio, la (alta) cocina de López ha enarbolado un recetario de producto local humilde para elevarlo con el homenaje. Recetas olvidadas, inexistentes en libros pero aún vivas en el recetario oral de los mayores de la zona. Reivindicando la despensa, el paisaje, los productos e incluso el carácter cultural regional de Ribera d’Ebre, Terra Alta, Montsià y Baix Ebre.

Ya son muchos años de recorrido, y muchos menús que han mostrado esos territorios de forma poliédrica, vinculando las elaboraciones que llegan a la mesa a piezas de artistas locales y performances que sitúan lo que se come en el epicentro concreto del homenaje. En otras palabras, ya no es tan fácil esa bandera, ya hay mucho contado, pero López consigue encender la chispa de la emoción y la sorpresa con cada presentación de menú anual. Este 2026, pues, el Homenaje a las Terres de l’Ebre se vincula a sus enclaves arquitectónicos y geográficos de mayor simbolismo cultural, desde la archiconocida Catedral del Vi, la Torre de l’Ermita l’Aldea, el Bosque de Paülls o el Faro del Fangar.



Este menú degustación conmemorativo del 20 aniversario cuesta 130€ por persona, con opción a maridaje (+ 70€). En la sala, Xavi Llopis personaliza la elección de los vinos que conformarán el maridaje, escogidos de entre las 600 referencias de la bodega. Y es precisamente en ella que el primer acto del menú se ofrece al comensal: Bombón de Tomate, Navaja de alga nori con salpicón de marisco, la Ostra del Delta con almíbar de flor de hibiscus y el Marshmallow (Pepinillo, Anchoas, Aceitunas y Piparras Gilda).



Ya en mesa, el siguiente pase se despliega presidido por la Catedral del Vi, un icono modernista. Este edificio cooperativista de principios del siglo XX fue diseñado por Cèsar Martinell, un discípulo de Gaudí, cuya estructura y recursos arquitectónicos imitan una catedral. El dramaturgo Àngel Guimerà es el responsable de que se conozca como la Catedral del Vi. En honor a esa cultura de la comida humilde de campo de los viticultores,y cómo ha pervivido en rituales como el vermut, llegan el merengue de limón y albahaca con cremoso de queso, gel de vino rancio y piñones, el licuado de lechuga, tartar de langostinos de La Rápita y vermut y el Royal de alcachofas, aspic de berberechos de La Rápita, finas hierbas y trufa.

El recorrido recala en la Torre de l’Ermita, una emblemática torre de vigía y defensa de origen medieval de la población de l’Aldea que, tras ser parcialmente derruida a principios del s.XX, se reconstruyó hace más de cien años y ya es considerado un Bien Cultural de Interés Nacional. Junto a la representación de esta icónica torre, llegan el calamar a dos texturas (buñuelo de calamar encebollado en su tinta, tartar de calamar marinado con mayonesa, lima dedo y wasabi), con consomé de sepia y jengibre con espuma de papada de ibérico a la brasa y un delicioso arroz de sepia y pulpo con nabo encurtido y mayonesa de kimchi.



Se prosigue hasta el Delta, unos kilómetros al este de l’Aldea, hasta el Faro del Fangar. Ubicado en la Punta del Fangar, este faro centenario se erige en medio del paisaje de arena, de forma majestuosa, siendo un icono de la zona en activo, pues es un faro en pleno funcionamiento que guía la navegación. Los bocados de este pase son una delicia umami que despliega tradición en elaboraciones y producto: suquet de anguila al azafrán, chapadillo de anguila (un aperitivo tradicional delicioso del Delta) con salsa romesco, lubina salvaje, escabeche de jalapeño, guisantes lágrima del Maresme con jamón Ibérico y dashi.

Para el siguiente pase, el enclaves no es arquitectónico sino geográfico. Los Ullals de Baltasar son conjuntos de manantiales naturales de agua dulce ubicados en el Parque Natural del Delta del Ebro, entre Amposta y La Ràpita. Un espacio de gran belleza y un refugio de biodiversidad muy importante. De ahí que las elaboraciones que llegan a la mesa reflejen el territorio con sus ingredientes: tartar de pato marinado estilo Kun-pho, piel crujiente de pollo (marinado con hoisin, jengibre, ajo, cilantro y rábano pìcante), foie Micuit marinado con sal y cítricos, confitado en mantequilla y brioche y terrina de rabo y careta de cerdo con yema marinada, espuma de clara y trufa.

Continuamos en enclaves geográifcos imprescindibles para entender el carácter de Terres de l’Ebre: el Montcaro. La montaña más alta de la provincia de Tarragona (1.442 metros) ubicada en el Parque Natural dels Ports, entre Roquetes y Tortosa. Las vistas son puro espectáculo, pudiéndose otear Mallorca desde lo más alto si el día está claro. De la zona son tanto la cabra hispánica como las aves rapaces, así como los conejos salvajes, más en su falda. A la mesa, pura representación de ese entorno: liebre a la Royal, paté de campaña de cabra hispánica y molleja en dos cocciones, puré de chirivía y salsa de mostaza.


Con Bosques de Paüls y Los Templarios, el comensal se adentra en el final dulce. El primero, un pre postre de crema inglesa de tomillo limonero, bizcocho de piñones, gel de miel abeto, helado de romero y espuma nitro de limón ahumados, homenajea al hayedo más al sur de Europa, un tesoro natural que tras haberse incendiado, está en proceso de regeneración. Los templarios, más que ser un enclave, da visibilidad a un pasaje histórico que llevó renombre y bonanza económica a la zona, coincidente al gobierno de los templarios en la zona (y cuyo castillo emblema, en Miravet, era centro y sede) hasta su erradicación al iniciarse el s.XIV. Así, los postres que concluyen la experiencia son el sablé bombón de arroz con leche y canela, chocolate blanco y jengibre, la espuma de chocolate helada, toffee de fruta de la pasión con crujiente de chocolate y un canelón frío de chocolate, sabayón de canela, bechamel de Amaretto y gel de limón.


Este menú es un lujo sensorial, un brillante trabajo de equipo dirigido por Fran López que devuelve dignidad a su tierra con platos que beben de una tradición oral y se proyectan al futuro con su interpretación en forma de bocados. Esta experiencia es sorprendente y emocionante, porque con cada elaboración que este menú presenta, uno siente que se hace justicia con una zona olvidada. Una auténtica demostración de que la gastronomía es cultura, y que comiendo, se aprende.
Nos alejamos por el camino de piedrecitas, de regreso a nuestra habitación, con la sensación de haber conectado con esa tierra. Que hemos disfrutado de una propuesta que queriendo ser humilde, es magnífica. Y sobre todo porque contiene un discursos territorial, local y diferencial.